Hay victorias que duran noventa minutos y otras que dejan huella durante años. La conquista del Campeonato del Mundo por parte de la selección española de fútbol pertenece a este segundo grupo. ¡¡Y no es la primera vez que eso ocurre!!

Es un éxito deportivo, sí, pero también es un acontecimiento que trasciende el terreno de juego y proyecta una imagen de país que tiene consecuencias mucho más amplias.
Durante unas semanas, millones de personas en todo el planeta han vuelto la mirada hacia España. Y por eso, han visto una selección competitiva, talentosa, capaz de trabajar en equipo y de superar la presión en los momentos decisivos. Son valores deportivos, pero también son valores que, de forma indirecta, terminan asociándose a un país. Tengo cierta predilección por su entrenador que, sin ser una persona mediática ni haber tenido éxitos previos a nivel de club, es alguien que tiene y defiende valores y no se vanagloria de lo que va consiguiendo con la selección.
La llamada "marca España" no se construye únicamente con empresas, innovación o cifras económicas. También se alimenta de la cultura, del deporte y de los grandes acontecimientos que generan admiración internacional. Un Mundial ganado es una campaña de promoción global imposible de comprar con publicidad. España aparece en portadas, informativos y redes sociales de todo el mundo con una imagen positiva, moderna y de éxito.
Y esa imagen tiene un impacto económico real. El turismo, uno de los principales motores de nuestra economía, suele verse beneficiado cuando un país ocupa el centro de la conversación mundial por motivos positivos. Muchas personas descubren un destino o refuerzan su deseo de visitarlo gracias a la visibilidad internacional que ofrecen eventos como este.
También las empresas españolas encuentran un entorno más favorable para internacionalizarse. Aunque ser campeones del mundo no cambia por sí solo la economía de un país, sí contribuye a generar confianza, notoriedad y una percepción más positiva, elementos que facilitan los negocios, las inversiones y las relaciones comerciales.
Además, un éxito de esta magnitud impulsa sectores como el deporte, la publicidad, los derechos audiovisuales, el merchandising, la hostelería y el comercio. Miles de establecimientos viven jornadas de gran actividad, mientras que las marcas vinculadas al deporte ven reforzada su presencia y su capacidad de generar negocio.
Pero quizá el efecto más importante sea el menos cuantificable. En un momento en el que la actualidad suele estar marcada por la incertidumbre económica, los conflictos internacionales o la polarización política, el deporte ofrece un “espacio de encuentro”. Durante unos días desaparecen muchas diferencias y millones de personas celebran un mismo objetivo. Esa cohesión social también tiene un valor.
Naturalmente, no conviene caer en la euforia. Un Mundial no resuelve los desafíos estructurales de la economía española: la productividad, el desempleo juvenil, el acceso a la vivienda o la sostenibilidad de las cuentas públicas siguen siendo cuestiones fundamentales. Pero sí demuestra que cuando existe planificación, talento, esfuerzo y trabajo colectivo, España puede competir y ganar frente a los mejores del mundo.
El verdadero reto comienza ahora: aprovechar este momento para reforzar nuestra imagen internacional, seguir atrayendo inversión, talento y turismo de calidad, y convertir un éxito deportivo en una oportunidad económica y social.
Porque los títulos se celebran, pero hay que aprovechar las oportunidades. Y España tiene ahora una oportunidad extraordinaria para demostrar que no solo es campeona del mundo en el césped, sino también un país capaz de transformar el prestigio en crecimiento, confianza y futuro.
Francisco González
Colaborador de eii